En el jardín de la Tía Paca

La cocina de la tía Paca tenía una ventana cuadrada. Con cortinas tejidas al crochet que ella descorría cada mañana para saludar a su jardín.
Muy prolijo lucía el jardín de la tía Paca. Un árbol en cada esquina. Algunos canteros de plantas aromáticas. Y en el medio, un peral.
El peral era el orgullo de la tía Paca. En el verano colgaban de sus ramas unas frutas jugosas y reventonas que compartía con todos sus vecinos.
Ella se sentía feliz con el jardín, la cocina y su ventana.
Por la ventana cuadrada pasaban todos los colores del tiempo. Siempre había sido amable la ventana de la tía Paca.
O al menos lo fue hasta aquella vez...

Ese día las plantas desperezaban su siesta de invierno.
Desde la ventana cuadrada de la cocina, tía Paca sonreía mientras miraba los verdes que habían conquistado su jardín.
–Pero, ¿qué pasa aquí?–susurró de pronto.
Fijó sus ojos un poco miopes en el peral al tiempo que limpiaba con tranquilidad los lentes nuevos. Al colocárselos, no tuvo más dudas. El peral...¡estaba pelado! Sin flores. Sin una hoja en las ramas flacas.
–Este árbol parece dormido –. Se lamentaba –.Es extraño, muy extraño.
No fueron suficientes las medicinas . Ni las palabras. Ni las caricias . El peral no despertaba.
La tristeza se fue acomodando lentamente en cada rincón de la cocina.

Una mañana, como lo hacían todos los años, llegaron las cotorras. Chillonas y divertidas revoloteaban alrededor del árbol buscando picotear algún fruto.
Al abrir la ventana la tía Paca vio, entre asombrada y agradecida, que otros verdes con algunos turquesas y amarillos bailaban la vida sobre las ramas del peral.
–¡Ojalá pudieras contagiarte un poco de esta alegría! –le
decía mientras acariciaba sus ramas todavía secas .

El verano fue pasando.
Y un día la bandada partió.
Cuando los vientos más frescos se acercaban, la tía Paca descubrió unas hojas pequeñísimas en el árbol sin fuerzas.
Lentamente las hojas fueron creciendo y cubrieron las ramas que ya se mostraban más robustas.
Entonces, sucedió.
Y todos lo supieron.
Aún hoy lo cuentan.
Ese invierno, en el pueblo, el peral fue el único árbol que floreció.

Ana María Girón.
28/ 04 /05
Gracias Anita por el envío del cuento!!!

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